Problemas en la comercialización de productos campesinos se agudizan después del terremoto

Juan Valeriano en el centro de acopio y procesamiento de la Asociación MCA.

Fotografía: Marie Fillatre 

 

 

Visitamos la Asociación Montubia Cerrito de la Asunción, en donde pudimos conversar con su presidente Juan Jesús Valeriano sobre la experiencia y de sus asociados antes y después del fenómeno natural.

 

La asociación está conformada por 32 familias que entregar su producto al centro de acopio de manera intermitente, en general hay mayor participación en tiempo de cosecha, pero la mayoría del tiempo el principal producto, el maíz, es vendido al “mercado negro”, como ellos llaman a los comerciantes e intermediarios, la principal razón es que la asociación no tiene la capacidad de pagar de inmediato el producto entregado, mientras que compradores externos sí pueden hacerlo.

Según nos cuenta Juan, son dos los problemas fundamentales que deben enfrentar los productores: escases de agua y venta a la intermediación. En el primer caso, la falta de agua limita a los productores a diversificar sus cultivos comerciales, a pesar de que los suelos son fértiles, la falta del recurso hídrico ha hecho que la zona tenga un 90% de maíz; en el segundo caso, el problema se subdivide, por un lado, los productores se enfrentan a una red de intermediación organizada y fortalecida, por el otro, la sobreoferta del producto lleva a la caída del precio.

Antes del sismo, desde la asociación se incentivó el darle valor agregado a sus productos, como una medida que evite la migración de las familias, como dice Juan “con la acción de nosotros mismo, campesinos que labramos la tierra, queríamos que el grano que producíamos tuviera un valor agregado para las familias, para no salir a migrar, sino quedarnos con nuestra familias trabajando”, lamentablemente su experiencia no fue exitosa porque, además del desafío del aprendizaje, la competencia en el mercado fue más fuerte que ellos. Esta situación se ha agudizado después del terremoto, aunque la afectación que sufrió la comunidad fue principalmente material y no humana, las necesidades se incrementaron, este factor lleva a los productores a continuar vendiendo su producción fuera de la asociación, pero en condiciones de desventaja.

 

“Vivimos mal porque no tenemos un mercado bueno, lo poco que producimos lo regalamos al mercado negro, al comerciante, es una explotación, como necesitamos les vendemos”

 

 

Juan nos explica con un ejemplo sencillo que, por cada hectárea de maíz, desde la limpieza del terreno hasta la cosecha, se invierte hasta 1000 dólares, a eso se le suma el costo del transporte que puede llegar a 500 dólares, frente a esto, el precio del quintal de maíz oscila entre 8 y 15 dólares, dependiendo de si se trata de maíz seco –que se encuentra a un promedio de 13 dólares- o de maíz verde –que llega a un máximo de 10 dólares-, además, el precio puede reducirse por cuestiones de calidad y peso. Si por cada hectárea se obtiene entre 100 y 120 quintales de maíz, el trabajo de los campesinos tiende a la pérdida, a la sobrevivencia.

Dada esta situación, Juan sostiene que la forma como los productores han podido continuar trabajando ha sido mediante endeudamiento, los créditos les han permitido sostener su producción, pero el precio que reciben por su trabajo no es proporcional ni suficiente, después del terremoto, las deudas aumentaron la necesidad de dinero y redujeron los ingresos, a pesar de ello no se han beneficiado de ninguna medida que flexibilice los pagos de los créditos.

 

 Zona de secado del maíz duro en la Asociación. Fotografía: Marie Fillatre 

 

Como estrategias para hacerle frente a las innumerables dificultades que deben sortear, los socios se han organizado para realizar mingas que permitan sostener la producción, durante las primeras semanas, parte de lo obtenido se vendió en las carreteras pues los principales compradores del centro de acopio dejaron de funcionar a causa del terremoto. Aunque recibieron víveres de distintas organizaciones y del gobierno, esto fue esporádicamente, por ello el principal sustento alimenticio de la comunidad provino de las propias fincas, se surtieron de sus gallinas, huevos, yuca y otros productos de la zona. Otra de las estrategias de sobrevivencia ha sido pasar de la venta de maíz verde a maíz seco, por la diferencia de precios –de 3 dólares más o menos-, sin embargo, esto representa al menos dos días más de trabajo para el productor.

A pesar de un panorama angustioso, Juan señala que el campesino, aun viviendo en condiciones tan complejas, se resiste a abandonar el campo pues toda su vida se ha desarrollado en torno a la producción agrícola y abandonar la tierra no es una opción. Por esto, desde la asociación se plantean cuestiones fundamentales para que el productor mejore su vida: dotación de sistema de riego, apertura de mercado directo –exportación- desde la asociación, reconocimiento al trabajo familiar mediante el pago justo por sus productos y diversificación de cultivos.

Desde esta asociación se hace un llamado a instituciones públicas y privadas a interesarse en la economía campesina, están dispuestos a recibir a todo actor que les ayude a fortalecerse en cuanto a producción y comercialización.

 

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